lunes, enero 08, 2007

MIRANDO AL MÁS ALLÁ

El viento enmarañaba su pelo y hacía que se le metiera en los ojos, lo que le resultaba bastante molesto. Observaba la gran ciudad; todo era como siempre, nada hacía cambiar a las ciudades: la gente iba a trabajar en sus coches, estresada por el tráfico; los niños correteaban en el parque; las personas se cruzaban sin apenas mirarse… No, nada cambiaba, pero eso era sólo en apariencia: cada día había muertes, atracos, violencia y accidentes; aunque eso a la gente no le importaba, todos continuaban con sus vidas sin que nada les afectase.

Le gustaba mirar por la ventana de su habitación y pensar en todo eso y más. Desde que se trasladaron a esa casa, procedentes de la otra punta del país, cada tarde se asomaba a esa ventana, que ya era parte de su vida, de ella. Todo parecía como siempre, sin embargo, no lo era.

Hoy ya no miraba asomada, sino que lo hacía sentada en el alféizar, recordando los últimos meses transcurridos a partir de su llegada a la ciudad y meditando sobre si debía hacerlo o no, mientras sentía en su rostro el calor del sol, que ya había alcanzado su cenit hacía unas horas y comenzaba a descender.



Lo miraba todo con curiosidad, almacenando en su mente cada detalle del edificio. A su espalda llevaba una mochila, que sólo contenía una libreta y un estuche con algunos bolígrafos, ya que aún no sabía qué libros debía comprar.

Era su primer día de clase, pero no el del resto de muchachos y muchachas, que hacía ya un par de meses que habían comenzado el curso.

Preguntó en secretaría por su nueva tutora, que según le habían dicho se llamaba Eva, y fue a su encuentro.

Eva tendría unos treinta años y, por lo que pudo observar en su primer encuentro, era bastante distante con sus alumnos.

- ¿Eva? Soy Luz, la nueva alumna. Me han dicho que tenía que venir a hablar contigo primero…

La profesora le hizo algunas preguntas, rellenó su ficha y la acompañó a su aula, situada en la tercera y última planta del edificio.


Durante unos días su vida transcurrió con normalidad, como la de cualquier chica de su edad.

Hasta que Valles decidió cruzarse en su camino.

Se llamaba Gabriel, pero todo el mundo le llamaba por su apellido: Valles. No era como Santi, su ex-novio, con el que tuvo que dar por terminada su relación el día antes de mudarse. Era diferente: a él le quería, pero a Valles no.

No obstante, también les unía una relación tan fuerte y personal como el amor: el odio.


Valles iba a su clase, aunque tenía un año más porque había repetido el curso anterior. De complexión fuerte, iba por el instituto intimidando a los más débiles para hacerse el duro, y nadie osaba enfrentarse a él.

La víctima que eligió esta vez fue Luz, por ser la nueva.

Al principio todo se reducía a unos cuantos insultos, burlas y malas pasadas en clase; pero progresivamente fue aumentando, Valles nunca se daba por satisfecho, toda diversión a costa de los demás era poca.

Hasta que llegó el día que cambiaría la vida de Luz, haciéndola más funesta.


Luz caminaba apresuradamente por el pasillo para dirigirse al laboratorio, pues tenía su próxima clase allí. El corredor estaba vacío, ya que hacía diez minutos que había sonado la campana y ella llegaba tarde. Las lágrimas pugnaban por escaparse de sus ojos, pero ella hizo un esfuerzo para no llorar. Hacía unos instantes Valles se había cruzado con ella al lado de los aseos, le había cogido por el cuello y, acorralándola contra la pared, le había susurrado al oído:

- Reza para que nunca te vea sola por la calle – y le golpeó contra la pared.

No se podía sacar de la mente esas palabras, se habían grabado a fuego en su cerebro. Aún le dolía el cuello por la presión de las manos del muchacho y la espalda por el golpe, pero intentaba andar lo más rápido que sus piernas y su angustia le permitían.


Ya en clase, Blanca, una compañera con la que se podía decir que había trabado amistad, le preguntó si le pasaba algo al observar sus ojos brillosos y su silencio, pero ella le contestó que no y continuó callada, sumida en sus pensamientos. Había estudiado en cinco colegios de cinco ciudades distintas, pero nunca le había ocurrido esto. Su padre trabajaba en el mundo de los negocios, así que cada dos años aproximadamente cambiaban de residencia. Al principio eso le molestaba, pues nunca podía tener amigos de verdad, pero al final se acostumbró. Lo más duro fue la última mudanza, cuando tuvo que cortar con Santi, de la que hacía tan sólo tres meses.


Día tras día, amenaza tras amenaza, agresión tras agresión, su miedo iba creciendo, pero ya no evitaba ir por los pasillos, había dejado de correr por ellos para volver a andar tranquilamente. Pensaba que tal vez así Valles vería que ya no le tenía miedo y decidiría dejarla en paz. Esa estrategia funcionó relativamente: durante dos semanas el muchacho sólo le dirigió unas pocas palabras malsonantes, pero sin llegar a tocarla.


No obstante, Valles se cansó de los insultos y decidió volver a pasar a la acción. Otra vez ocurrió en la puerta de los aseos, sitio por el cual rara vez pasaba gente que no fuera expresamente al servicio, donde se dirigía ella. Valles llegó corriendo tras ella y le rodeó los hombros con los brazos, zarandeándola hasta hacerla caer al suelo de forma muy violenta. Le propinó un puntapié en la pierna y se fue por donde había venido.

Luz entró en el aseo, se sentó en un retrete, y comenzó a llorar. Ya había perdido media clase de matemáticas, pero eso no le importaba ahora. Pasados veinte minutos, se enjuagó las lágrimas y bajó al patio, donde se sentó en un banco al sol.

No sabía cuánto tiempo transcurrió hasta que Eva, que pasaba por allí, la vio y se le acercó:

- ¿Por qué no estás en clase?

- No me sentía con ganas…

- Bueno, como veas… Supongo que por una clase no pasará nada, pero que no se repita.

Luz se marchó, poniendo como excusa que tenía que comprarse el almuerzo, a pesar de no tener dinero: Valles siempre se lo quitaba. Pero eso Eva no lo sabía.


Fueron muchas las amenazas y agresiones, tanto físicas como psicológicas, que sufrió Luz durante casi dos meses más; pero el profesorado no quería ver lo que ocurría, daban la espalda a los hechos que acontecían ante ellos, aunque Luz se quejase una y mil veces.

En cuatro ocasiones más la acorraló en diferentes rincones del patio y pasillos por haber revelado algo, aunque fuera mediante una mirada de sufrimiento, a sus profesores y compañeros. Valles sabía lo que se hacía: le propinaba los golpes en zonas en las cuales no quedaba marca y, aunque en la cabeza a veces quedaban, eran ocultadas por el pelo.


Un día, después de recibir un fuerte golpe en la cadera, fue, conteniendo las lágrimas, a ver a Eva. La profesora parecía mostrar interés por su historia pero, como comprobó Luz más tarde, no le creyó.

Según se enteró Luz, su tutora se había limitado a hablar con Valles, explicándole la importancia de la tolerancia, la convivencia en paz y el respeto. Como era de esperar, esas ideas no hicieron mella en Valles que, en cuanto tuvo la ocasión, fue a por la muchacha para vengarse por su delación.


Unos días más tarde, un sábado por la mañana, paseaba por el parque situado al lado de su casa cuando lo vio, dirigiéndose hacia ella. Echó a correr, pero Valles era más rápido y la alcanzó, le cogió el brazo y se lo retorció. Dos señoras se les quedaron mirando, así que el joven esperó hasta que se hubiesen alejado lo suficiente. Como hiciera en repetidas ocasiones, la volvió a empujar y zarandear, a patear cuando ya estaba en el suelo. Ella se levantó e intentó defenderse, pero recibió más golpes. Cuando tuvo ocasión, salió corriendo en dirección a las dos señoras.

Valles la observó marchar, sin hacer nada por impedirlo, con una sonrisa maliciosa.


Luz entró precipitadamente en su casa. Hoy tendría que comer sola: su padre estaba de viaje de negocios y su madre trabajaba. Pensó que sería mejor así, tener un poco de soledad en estos momentos ayuda a reflexionar sobre lo acaecido.

Se preparó una ensalada para comer, aunque no tenía hambre sabía que debía hacerlo, mientras pensaba en qué haría a continuación. Cuando terminó de comer, recogió la cocina y fue a su habitación, a mirar por la ventana, su ventana querida.

Abrió la ventana, hacía frío a pesar de estar a finales de abril, pero le gustaba sentir el viento en la cara, y meditó qué debía hacer a continuación. Tomó una de las decisiones más difíciles de su vida, quizá la última.

Con ayuda de una silla, se sentó en el alféizar y observó la ciudad desde su tercera planta; todo era como siempre, nada hacía cambiar a las ciudades: los coches con su infernal ruido, los niños jugando en el parque, las personas cabizbajas caminando por la calle sin mirar a su alrededor… No, nada cambiaba, pero eso era solo en apariencia.

Apoyó la cabeza en el marco de la ventana y consideró qué debía hacer, recordando y comparando los buenos con los malos momentos de los últimos meses. Los malos superaban a los buenos pero, ¿realmente merecía la pena?

Pasó horas en esa posición, cavilando, hasta que, cuando el sol comenzó a desaparecer en el horizonte, se quedó dormida, sumida en un sueño intranquilo, repleto de pesadillas. Un sueño que quizá fuera eterno, dependiendo de lo fuertes que fueran las sacudidas que le producían esas pesadillas.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Bravo Bravo Bravo
Sense paraules,as demsotrat una vegada mes lo genial qe ets expresant les coses (entre altres coses).
Cada lletra, cada paraula, cada frase, demostra el qe sents i u transmets a els qe ho llegeixen, com dic genial.
Tambe es veritat qe jo poder no soc un bon critic jejeje .

Petonetsss

lunes, enero 08, 2007 10:44:00 p. m.  
Blogger Dav said...

Clap, clap, clap.

Escrius molt bé...grata sorpresa.

Petonets.

lunes, agosto 25, 2008 8:07:00 p. m.  

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